Relato y realidad del medio ambiente en Escobar

Se intensificó durante las últimas semanas la comunicación municipal sobre políticas públicas que involucran al medio ambiente. Este llamativo énfasis lleva a los vecinos a preguntarse cuánto del discurso oficial onerosamente difundido se basa realmente en hechos y en un verdadero compromiso con el cuidado del medio ambiente.

Escobar, como muchos municipios bonaerenses, se ha plegado a programas del Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible de la Nación, encabezado por Juan Cabandie, que contemplan medidas como la recolección de residuos para su reciclado, huertas comunitarias y otras acciones valiosas pero menos con incidencia real en el mejoramiento concreto de las condiciones medioambientales que con simple significación simbólica.

El aspecto estructural que incide directamente en la protección o deterioro del medio ambiente, y por lo tanto de la calidad de vida de los habitantes, más allá de cuestiones cosméticas diseñadas para campañas de marketing quizá pensadas para el posicionamiento personal y la carrera política de algún funcionario, se vincula en las zonas ubicadas geográficamente en las adyacencias del Río Paraná y sus ramificaciones, con el tipo de explotación inmobiliaria que allí se desarrolla y los criterios que la guían.

En muchos distritos y a diferente escala es materia de debate precisamente cuáles deben ser las pautas desde las que se desarrollen las inversiones inmobiliarias; la disputa es fundamentalmente sobre si esa actividad debe orientarse al bienestar de la comunidad en su conjunto o, por el contrario, a partir el fin de lucro de los inversores y las comodidades (a veces lujos) de quienes vayan a habitar esas construcciones, muchas veces en detrimento del resto de la población.

Debates y conflictos que son propios de zonas desde hace mucho tiempo urbanizadas, y de los que las discusiones en la ciudad de Buenos Aires son ejemplo y pronóstico, se han venido extendiendo al conurbano de la mano con la expansión demográfica e inmobiliaria.

En el caso particular de Escobar ha sido clara la preponderancia del desarrollo orientado al beneficio económico de los inversores, perjudicando la calidad de vida de todos aquellos que no vayan a habitar en las frecuentemente fastuosas nuevas construcciones.

El caso de la (no) preservación de los terrenos inundables, los conocidos humedales, es sin duda en estas latitudes la punta del iceberg y la madre de todas las cuestiones ambientales que hace palidecer en la intrascendencia a cualquier simpática medida cosmética anunciada con rimbombancia exagerada.

Evidentemente el desarrollo inmobiliario potencia la actividad económica y atrae inversiones. El tipo de construcción que se lleva a cabo en las zonas no protegidas, sin embargo, pone en discusión su capacidad de generar empleo de calidad en cantidades significativas, y redunda en una serie de comodidades que solo habrán de disfrutar los integrantes del segmento de mayor nivel adquisitivo de la zona.

El costo ambiental de ese particular crecimiento es alto desde cualquier punto de vista desde el que se lo evalúe. Los faraónicos movimientos de suelo modifican las zonas anegables de modo tal que áreas habitadas antes secas, pasan a ser pasibles de inundaciones. Especies animales y vegetales son desplazadas de sus hábitats naturales con el grave desequilibrio que eso genera en el ciclo del ecosistema. Y probablemente aun no estemos experimentando toda la profundidad de las consecuencias que esta agresión ambiental habrá de acarrear para las generaciones actuales y venideras.

Ante este preocupante panorama de carácter estructural, las fanfarrias decorativas que anuncian huertas de la superficie de un monoambiente solo pueden generar rictus de burla en las comisuras de cualquier persona medianamente informada.

Como en muchos aspectos, Escobar muestra un dramático contraste entre el relato oficial y los problemas reales que no se abordan y hasta se esconden.

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