Se cumplen 20 años de la muerte de René Favaloro: el legado de un humanista y un visionario

Resolver el problema de la irrigación cardiaca, cuando hay sectores de la arteria coronaria obstruidos, fue el gran logro del Dr. Favaloro. Le siguió la difusión y estandarización de esta técnica -el bypass-, que hizo que su prestigio trascendiera todas las fronteras, ya que el procedimiento cambió radicalmente la historia de la enfermedad coronaria. La cirugía del bypass coronario es considerada uno de los 400 inventos más importantes de la historia de la humanidad.

¿Pero es solo éste el motivo de su prestigio? Conocemos muchos premios Nobel que no han logrado la fama de René. Otras explicaciones podrían ser que nació en un hogar humilde donde se le inculcó el valor del esfuerzo y el trabajo. Que, como él mismo decía, concurrió al Colegio Nacional de La Plata que le brindó una formación humanística, social y el valor de ser solidario. Que tuvo una experiencia de años como médico rural en La Pampa, que le permitió conocer de muy cerca el sufrimiento de la gente. Que tomó la decisión de ir a formarse a un lugar de excelencia, la Cleveland Clinic, en 1962, donde tuvo que empezar de abajo, haciendo todo tipo de tareas, sin manejar el idioma fluidamente. Que el 9 de mayo de 1967, encabezó lo que sería la primera operación de bypass aortocoronario. Que en 1971, en el apogeo de su carrera como cirujano cardiovascular y con millonarios ofrecimientos para quedarse en EEUU, decide regresar a su país, nuestro país. ¿Para qué? Quiso reproducir el modelo de Asistencia, Docencia e Investigación de la Clínica Cleveland. ¿Un idealista? Veamos: no conforme con lo logrado hasta ese momento, creó la Fundación Favaloro en 1975. En 1980, fundó el Laboratorio de Investigación Básica y en agosto de 1998, la Universidad Favaloro. Fue miembro de la CONADEP. En 1992, inauguró el Instituto de Cardiología y Cirugía Cardiovascular de la Fundación Favaloro en Buenos Aires.

¿Cuándo lo ví por primera vez? A fines de los °80, yo era residente de cardiología en el Hospital Durand. En la Sala de Cardiología, solía haber internados pacientes que esperaban ser operados del corazón durante semanas, meses. Un día, una Jefa de Sala, la Dra. Abuín de León, me dice: ‘Acompañame, esa gente no puede seguir esperando’. Fuimos en su Renault 4 hasta el Sanatorio Güemes. Ahí nos esperaba el Dr. Favaloro, a quién le presentamos uno de los casos. Nos dijo: ‘Tráiganlo lo antes posible’. Por la tarde volví al Sanatorio Güemes, esta vez en una ambulancia con el paciente, quien fue operado prontamente. Ante el éxito de este operativo, lo repetimos en numerosas ocasiones con otros pacientes.

A mediados de los 90, ya en la Fundación Favaloro, yo estaba a cargo de un área de internación. El Dr. Favaloro solía venir por la tarde, cuando terminaba con sus cirugías, a visitar a sus pacientes. Nos tocaba recibirlo y antes de llegar saludaba al personal y a los familiares que esperaban en los pasillos. Al paciente de la cama de al lado, le preguntaba de donde venía y como se encontraba y finalmente llegaba al paciente que había operado. Luego de conversar con él en su habitual lenguaje campechano -mostrando una cercanía que, creo que para el paciente, representaba la mitad de su cura- salíamos nuevamente al pasillo, donde revisábamos la evolución del paciente, para luego hablar de temas de la coyuntura, del sistema de salud y hasta de fútbol.

El Dr. Favaloro quería que se lo recuerde como docente, yo creo que fue un humanista.

Su declaración de principios habla de honestidad, trabajo con pasión, esfuerzo y sacrificio sin límites. De evitar ser influido por conceptos dogmáticos, o prejuicios propios o ajenos. De no apartarse nunca de la ética y del respeto a la dignidad y a la condición humana del paciente y de sus familiares. Que debemos comprender con humildad que es necesario trabajar en equipo. Que hay que sacrificarlo todo en aras de la verdad y nada más que la verdad. Decir siempre en voz alta lo que se piensa por dentro. Nada puede sustentarse sobre la mentira. Solamente se llegará a gozar de lo realizado cuando en su alma sienta, preferentemente en los silencios necesarios para la reflexión, que el único premio verdadero es el que proviene del placer espiritual, limpio y sereno del deber cumplido.

El legado del Dr. René Favaloro sin lugar a dudas trasciende en el tiempo y su figura, inclusive, se agiganta cuando se la mira cada vez más a la distancia.

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